Llámala 'manziadicción'
Sobre por qué el nombre de este blog
¿Quién soy yo? No quiero gastar demasiadas palabras en describirme, prefiero que la gente me conozca de acuerdo a las circunstancias (soy de la teoría de que todos los seres humanos tienen una personalidad diferente por cada nuevo individuo que se cruza en su camino). Lo único que dejo por sentado es que soy adicta a las manzanas desde los 15 años. Es decir, ya voy la mitad de mi vida sin dejar de comer esta fruta día a día.
Me resulta difícil poner en palabras todo el efecto que las manzanas producen sobre mí. De hecho, las personas que poco a poco me conocen ven que, en efecto, soy de cargar manzanas en mi mochila, de comer manzanas en los lugares más inesperados y que voy a reuniones de trabajo, cumbres de importantes políticos, citas y expediciones con una bolsa de manzanas compradas en Metro.
Una vez me peleé con el guardián de la puerta de una discoteca por atreverse a botar mis manzanas por la basura. Él no quería que entre a su concurrido local con estas frutas en mi cartera. "Qué ridícula chica algunos pensarán", pero lo cierto es que apenas me levanto de la cama, lo primero que pienso es cómo asegurarme de que por el resto del día no me falten manzanas. De lo contrario me pondré ansiosa y mi mente se quedará bloqueda, sin ganas de trabajar, sin ganas de conversar, sin ganas de caminar.
Las manzanas son mi antídoto personal. Además de robarme el hambre, me quitan el estrés (y vaya que sufro de estrés) y me excitan en parte. Para ser sincera, el sexo lo disfruto mucho más si me dan un par de manzanas luego de hacer el amor (que quede bien claro). Llámenme obsesa, maniática o particular, pero esa es la forma de acercarme a un estado ‘semizen’. Simplemente el mundo para mí sería más desgraciado de no ser por las manzanas.
Pero ojo, no como todo tipo de manzanas, las tengo clasificadas y solo me conformo comiendo manzanas marca Delicia. Se trata de aquellas redonditas, de color rojo pero con pequeñas manchitas amarillas, suaves, un toque de arenosas, lo que permite que se deshagan suavemente en mi boca. Pues sí, podría vivir de catar manzanas, lamentablemente todavía nadie ha inventado tal profesión. Una pena para mi ego.
Por las manzanas me he enamorado así como también peleado con antiguos enamoradas. Una vez tuve un novio que al principio lo tenía descartado, pero terminó por atraparme luego de que me hiciera poemas con alusión a mi fruta preferida y me regalara una mochila azul llena de manzanas rojitas y en su punto. Y se trató de una mochila que usé hasta el hartazgo.
Otro enamorado, en cambio, no entendía mi obsesión por las manzanas y estaba seguro de que algún día las suprimiría de mi vida. “No tengo tiempo para estupideces, puedes vivir perfectamente sin manzanas”, me repetía. Pero la verdad que mientras más me gritaba, más me encaprichaba y mi ración de manzanas aumentaba por querer alejarme de ellas. Era mi forma de revelarme y de darle la contra. La consecuencia: la relación se deterioró y se quebró por varios motivos, pero en buena parte fue por las manzanas.
El punto es que quien quiera conocerme deberá entender que las manzanas son mi motor y por ellas me siento más viva. Algunos lo verán como mi gran pasivo, otros como un divertido activo.
Si todo lo que digo parece ridículo, pues mejor no vuelvas a visitar este blog y menos dejes un comentario. El Club de las Manzana solo admite lectores tolerantes y que saben compreder y aceptar las pasiones o pequeñas locuras del otro.