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Yo era la chica de “buena familia” que dejó San Isidro para irse a Surquillo

Publicado: 2011-12-27

Mi mamá siempre me repetía que yo vengo de “buena familia”, como muchas señoras que se dicen de bien suelen jactarse en Lima. Por esa razón, había que juntarse con Gente Como Uno o GCU, por decirlo en términos más sutiles. “Por favor, si tu tía abuela fue la esposa del presidente de la República”, se burlaba mi papá, cuando le seguía la cuerda a mi mamá. Sin embargo, para ella la cosa iba en serio. “Yo te he criado como una señorita de buenas maneras. ¡No puede ser entonces que te rebajes! ¡No puede ser que andes con gente de más bajo nivel que tú!” ¿Cuál nivel? A qué se refería mi mamá con sus palabras, si ya bien chatita soy como para mirar a casi todo el mundo muy por encima de “mi nivel”. En serio, vamos, esa es mi cruda realidad y siempre lo será.  

Llegó un momento en mi vida que me sentía atrapada y solo quería escapar de mi mamá. Me resbalara lo que ella me dijera y nuestra relación se resquebrajaba a pedacitos cada vez que le decía que iba a salir hasta tarde y no me esperara despierta. “Mientras sigas en esta casa se hace lo que yo ordeno”, me gritaba aunado a una serie de imposiciones con tal de retenerme. Esto devino en una nociva dinámica en la que yo buscaba la forma más insegura para no regresar a mi casa hasta el día siguiente. Y todo por un simple afán de rebeldía. Confieso que así me expuse varias veces al peligro de la noche, pero las ganas de escapar de mi mamá eran más fuertes que mis instintos de supervivencia. 

Hasta que un día llegó una buena amiga –a quien yo considero un ángel– que me dijo agarra tus maletas, que nos vamos a vivir juntas. “¿Adónde?”, pregunté. A un condominio en Surquillo. Para ser específicos, al condominio La Floresta. “Así es mamá, dame mi cama y otros muebles, que me voy a Surquillo”. Y nada ni nadie me pudieron detener.

Dejé de vivir en San Isidro, aquel distrito colonial donde se concentran los hogares de apellidos más compuestos de Lima y las empleadas se encargan de tenderte la cama todos los días. Me había desplazado a un distrito pujante y emergente. Donde las familias no ostentan nombres “hidalgos” con qué sobornar a la policía o entrar con holgura pero sin invitación a los clubes más prestigiosos de la ciudad.

Mi ex condominio

En Surquillo, en cambio, pude ver que los jefes de hogar se la rajan día a día por salir adelante y las madres se encargan de ahorrar hasta el último centavo para que sus pequeñas quinceañeras logren el sueño de bajar las escaleras del edificio todas vestidas de blanco, mientras sus familiares aplauden a viva voz. En Surquillo el vecino es realmente el vecino y por ende todos teníamos que poner una pequeña ración de dinero a fin de lograr que el condominio La Floresta se mantenga limpio, ordenado y se logre celebrar cada octubre del año una verbena dedicada al Señor de los Milagros.   

¿Qué hacía yo viviendo en Surquillo?, me repetían mis amigas “más cucuchis” (como las llamaba mi roomate), mientras a mis espaldas rumoreaban que me había vuelto loca. Y mi mamá, ni hablar. Lo que más le molestaba a mi madre era decirles a sus amigas que su hija se había mudado a Surquillo.

Así que con tal de desencantarme, ella siempre me repetía que por vivir en Surquillo los hombres ya no me iban a querer, que ya no me iban a tomar en serio. ¿Acaso ella tenía razón? Lo cierto es que en el tiempo en que viví en Surquillo estuve de enamorada con un poeta y un escritor bien renombrado que me decían que me querían con todas mis virtudes y defectos, mientras que en los tiempos muertos otros chicos bonachones pasaron por mi casa a traerme regalitos. Pero mi mamá me repetía que nadie me iba a querer entregar su amor por vivir en Surquillo.

Si bien hubo momentos en que sentía que no encajaba del todo, en Surquillo aprendí que para ser libre, no tengo por qué exponerme al peligro y, más bien, hay que saber quererse a sí misma. Aprendí a hacer las cuentas de la casa y saber que no necesito de empleadas para tender mi cama. Que si alguien venía a insultarme o sacarme reproches en la cara, yo podía gritar y echarlo/a de mi casa (siempre estaba el portero alerta) sin una pizca de remordimiento. Total, era mi terreno y nadie me lo podía quitar. Yo lo manejaba a mi manera. Aprendí a cuidarme y cuidar de mi propia casa.

Y mientras la mejor roomate que he podido tener me enseñó las reglas básicas de la convivencia (como lavar los platos y dejarlos en su sitio), la tristeza, desidia e inseguridades que me embargaban cuando vivía con mi madre se fueron diluyendo sin darme cuenta. Tanto así que un día mi mami me vino a visitar solo para decirme: “Desde que te mudaste a Surquillo, estás más bonita que nunca”.


Escrito por

ianamalaga

Tengo una colección tan grande de historias personales que ya solo me queda burlarme de mí misma.


Publicado en

El Club de la Manzana

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