¡La química de la amistad existe!
Dedicado a un amigo llamado Attilio Vilela Johnson
Tú ya sabías de qué trataba todo esto. A tus 30 años entendías la vida más que cualquiera. La comprendías porque estudiaste biología, con una pasión por esa ciencia que no he visto en otras personas. Tenías una teoría que defendías con devoción: querías que la comunidad científica sostenga que mucho de la vida humana y la muerte que nos acecha se puede entender si analizamos cómo funciona el reino de los hongos o “los fungis”, como me enseñaste.
Nos conocimos exactamente el 5 de agosto del 2010 en El Dragón de Barranco. No es que lo recuerde con precisión, pero es que acabo de revisar mi diario donde lo apunto todo. Estaba en uno de mis momentos de debilidad, porque pensaba que había perdido amigos (que en realidad nunca lo fueron), y porque había reconocido que la envidia existe y a veces te tumba. “Tienes suerte de que me encuentres hoy. Y es que yo casi nunca salgo de juerga”, me dijiste mientras tu mejor amigo Jorge y tu hermana Candy se vacilaban a tu costado. “Pero si ahora te faltan amigos, yo puedo serlo. Y cuando quieras podemos ir a Oxapampa, donde tengo casa”, seguiste. Y, efectivamente, se trató de una las amistades más cortas e incondicionales que he tenido con un hombre, hasta donde me acuerde.
Para ti existía una química especial en el Universo que hace que nos unamos fuertemente a personas que conocemos en el camino y luego se vuelven nuestros amigos o nuestros amores. Pues lo nuestro fue “químicamente” pura amistad. Yo no entiendo mucho de CHON (elementos que generan vida), pero ya sé que siempre que podía iba a tu casa, pues químicamente me comprendías y eso me gustaba. Entendías cómo funciona la química de mi cerebro cuando pienso y converso.
En tu sala hablamos mucho, muchísimo… Contigo tuve las conversaciones más ‘rayadas’ que he tenido en el recorrido que ya tengo por esta vida. ¡Pero es que es tan genial conversar con un científico! Y me fascinaba que me soltaras unas teorías locas cuando yo te hacía alguna de mis preguntas curiosas sobre la raza humana, el cosmos, los extraterrestres, los microrganismos o sobre el mismo sexo.
- No entiendo Attilio, porque siento tanta atracción por algunos hombres y otros no. Explícame.
- Piénsalo bien, Iana. Tu cuerpo es inteligente y algunas veces siente mucha atracción por hombres que reconoce podrían darte hijos muy sanos para así mejorar la raza humana.
- Jajaja. Y si me estás hablando de la supervivencia de la especie, ¿por qué es que ha crecido tanto la población de homosexuales en el mundo?
- Tengo una teoría biológica para eso. Es posible que algunos individuos de nuestra especie hayan empezado a cruzarse con otros del mismo sexo con el fin de evitar que la Tierra se siga superpoblando de humanos que acaben con los pocos recursos que tenemos para sobrevivir. Eso pasa mucho en el mundo de los hongos cuando se presentan ese tipo de amenazas.
Y así iban gran parte de nuestras conversaciones. También hablamos sobre la muerte. En varias ocasiones debatimos bastante sobre qué pasa con nosotros cuando morimos. “Si has estudiado tanto sobre organismos biológicos, ¿por qué estás tan seguro de que hay vida más allá de la muerte?”, te pregunté una vez para desafiarte. “Porque somos energía, somos pura energía. Entonces, es imposible que no suceda nada con nosotros cuando dejamos el cuerpo. Esa energía se transforma en algo mejor”, me respondiste. Es irónico que luego de profundizar tanto sobre la muerte, ahora ella te haya llevado abruptamente. Pero si tú me lo dijiste Attilio, confío en que ahora estás bien y que de algún lado me estás viendo y tratando de anunciarme que tenías razón. Gracias por enseñarme tantas cosas maravillosas.
Attilio bajo el cielo de Oxapampa
Todavía tengo en mi mente muchos recuerdos frescos que pasé contigo, pero no me pidas que los ignore. Prefiero procesarlos uno por uno e intentar que la tristeza que ahora siento por tu partida se convierta en alegría por haberme dado tanta paz y seguridad. ¿Recuerdas la vez que me llevaste al karaoke para que cante solo porque te comenté que me gustaba? ¿O la vez que te mandé a dormir con tu amigo Jorge y su enamorada en un pequeño cuarto de Lunahuaná, solo porque me dijiste que roncabas mucho? “Ah no, yo quiero dormir sin que nadie me interrumpa”, te grité. Y no pude evitar soltar una carcajada al día siguiente, cuando me contaste que los pobres tortolitos no pudieron hacer de las suyas y que no aguantaron tus ronquidos en toda la noche.
Me molesté contigo cuando me regalaste un cultivo de hongos para que los cuide en mi casa, pero no me advertiste que sus esporas me podían producir bronquitis, como así pasó. Pero lo pasé totalmente por alto pues eres una persona noble que le gusta hacer feliz a tus amigos y que ellos se pongan felices a tu costado. Eso lo descubrí cuando en El Carnaval de Barranco del año pasado fui a tu casa y viste cómo desbordaba alegría tras disfrazarme de manzana. Tu hermana y sus amigas se disfrazaron de haditas.
Te agradezco por toda la fuerza, paciencia y valor que me diste cuando te repetía constantemente que mi sueño era estudiar una maestría en desarrollo sostenible en el exterior, para así volverme una líder en mi campo. Yo no entiendo por qué confiaste tanto en mí cuando apenas nos conocimos. “Vas a ver, tú vas a lograrlo, te vas a ir a estudiar a Europa y la vas a romper. Yo puedo percibir esas cosas”. Pues Attilio, la "burocracia del cosmos" (como la llamabas) confabuló a mi favor y logré partir. Ahora estoy feliz estudiando en Madrid lo que me gusta.
Pero si hablamos de casualidades y causalidades, lo más loco que me parece de tu partida es que fuiste el último amigo en ir hasta mi casa para despedirte de mí antes de volar a España. Recuerdo que te dije, “Hey, estoy a media hora de salir para el aeropuerto, mejor nos vemos a mi regreso”. Sin embargo, tú insististe y me dijiste que de todas maneras te aparecerías en mi casa para darme un abrazo de buena suerte, cómo así hiciste. ¿Acaso sabías en el fondo que iba a ser la última vez que nos veríamos en esta vida? Me quedo con la duda Attilio.
Me sorprendió que hace dos meses me dijeras que habías encontrado el amor. Que te habías enamorado perdidamente de una amiga de la infancia. “Todo es química Iana”, fue lo último que me escribiste en un correo (y lo tengo bien apuntando). Y es que en la última reunión que tuvimos en tu sala te noté un poco melancólico porque te querías enamorar, querías volver a saber qué se siente. Hasta me contaste que ya te sentías preparado para tener hijos, pues en todos los demás planos (laboral, familiar, etc.) tu situación era estable y satisfactoria. Pues es increíble que hayas encontrado y abrazado al amor en tus últimos dos meses de tu vida.
La Dolce Vita (hospedaje de la familia de Attilio en Oxapampa)
Prefiero no decir que has muerto. Estás más vivo que nunca en los corazones de todos los amigos que por razones de química tuvieron la suerte de conocerte. Solo que, por ahora, nosotros nos quedamos en la Tierra haciendo cosas y tú ya trascendiste este plano. Pero eso sí, te quiero pedir un último favor: si es verdad que las personas que uno más quiere se vuelven tus ángeles de la guarda una vez que dejan el mundo físico, te pido que me sigas dando valor para concretar todos mis sueños y dejar los miedos atrás por amor a la vida y a la “burocracia del cosmos”, como me enseñaste. A cambio de eso, te dedico mi pasión por escribir, estudiar, viajar y descubrir nuevas gentes, de la misma manera que tú sentías pasión por la biología. Attilio, prometo disfrutar de la “Dolve Vita” por ti.